VOTO VOLUNTARIO ES IGUAL A MÁS DEMOCRACIA

votoSegún la encuesta del Centro de Estudios Públicos, la razón mayoritaria de los no inscritos para no participar en las elecciones es que no les interesa la política (43,8%). De hecho, el creciente desinterés de los chilenos por la política no se refleja sólo en la caída de la participación electoral, sino que también en la disminución de la identificación con algún sector; de acuerdo con el mismo sondeo, un 50% de los ciudadanos no se identifica con ningún conglomerado político. Adicionalmente, sólo un 8% de los ciudadanos confía en los políticos. Frente a este cuadro hay dos posibilidades: obligar a los ciudadanos a participar en los procesos electorales, independientemente de si les interesa o no, o generar los incentivos para que los partidos políticos sean los forzados a convocar a los ciudadanos.

La participación electoral depende de los costos y beneficios que perciben los ciudadanos respecto al acto de votar. Los costos dependen de lo difícil que sea informarse y de los arreglos institucionales en relación con la inscripción y el acto mismo de votar. Los beneficios varían según la convicción respecto a la importancia de participar en los procesos democráticos y de lo crucial que sientan los ciudadanos que es cada elección en particular.

Ambos factores dependen fuertemente del trabajo de los partidos políticos. Son ellos los que tienen la tarea de bajar los costos de información de los ciudadanos respecto a la elección y también son los responsables de hacer propuestas programáticas atractivas y diferenciadoras que aumenten el interés de los ciudadanos por participar. En un escenario de voto obligatorio, dado que los ciudadanos son un mercado cautivo, los incentivos de los partidos para hacer este trabajo bajan en forma importante. Esto significa que están obligados a votar por alguien, aunque ninguna de las alternativas los entusiasme. En tanto, en el contexto del voto voluntario, los partidos tienen el incentivo de romper la indiferencia ciudadana entusiasmando a los votantes con sus planteamientos, para que concurran a votar. La pregunta es entonces dónde queremos poner el peso de la prueba: ¿en los partidos o en los ciudadanos?

Desde otra perspectiva se ha planteado que el voto obligatorio aumenta la participación electoral y, por lo tanto, mejora la calidad de la democracia y la legitimidad de los resultados electorales. Si bien la primera aseveración es correcta, la segunda es rebatible. La literatura muestra que cuando el voto no es obligatorio, las personas que están más informadas y tienen una intensidad de preferencia mayor van a votar. Por su parte, las menos informadas y para las que el resultado electoral es indiferente se quedan en sus casas. En tanto, cuando el voto es obligatorio, las personas menos informadas y desinteresadas concurren al lugar de votación, pero votan al azar. Eso significa que el resultado electoral se distorsiona. Por lo tanto, el voto obligatorio no mejora necesariamente la calidad de la democracia y menos la legitimidad del resultado electoral.

Por otra parte, los resultados de la encuesta del CEP muestran que la segunda razón por la que las personas no se inscriben en los registros electorales es porque si lo hacen, los obligan a votar (19,3%). Por lo tanto, al aprobar el voto voluntario, estaríamos rebajando los costos de los ciudadanos para participar de los procesos electorales. Además, aunque sólo un 5,8% de los no inscritos da una razón relacionada con el sistema de inscripción para no participar, la inscripción automática sería un avance respecto a la reducción de costos para los ciudadanos. Sin embargo, en relación con este punto, también es importante implementar un sistema que resguarde un padrón limpio y legítimo.

Finalmente, la mayoría de los ciudadanos -sobre el 80%, según la Encuesta de Inscritos y No Inscritos de Libertad y Desarrollo- prefiere el voto voluntario. Establecer entonces el voto obligatorio iría en la línea de una democracia que obliga a sus ciudadanos a ser libres.

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